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No, no se trata de un titular de prensa en el que algún partido
político plantea recuperar el antiguo Tranvía de la Sierra de Granada,
aprovechando que se cumplen 100 añitos desde que esta hermosa ciudad
viera circular por sus calles otro tranvía eléctrico, el de la
Compañía TEGSA, pionero en la plaza de este sistema de transporte.
¡Qué más quisiéramos!, ir a la Sierra en un tranvía.
Desgraciadamente, en 2004, no es posible, pues han pasado 30 años desde
que prestara el último servicio y engrosara la lista de líneas
desmanteladas por aquel tiempo. A pesar de ello, aún queda practicable
parte del trazado, quizás el menos espectacular, pues el pantano de
Canales se encargó de anegar parajes del recorrido que hoy serían la
delicia de cualquier aficionado y de los senderistas, como la Cueva
del Diablo; no obstante, desde Güejar-Sierra hasta la estación de
Maitena, reconvertida en un restaurante, la plataforma discurre entre
densas arboledas, junto al río Genil, y es totalmente peatonal, a
diferencia del tramo Maitena – Charcón – Barranco de San Juan, en
donde se ha permitido el paso de automóviles para que puedan acceder a
los numerosos merenderos que hay a lo largo del recorrido.
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Pero el objetivo de los aventureros de ASAFAL era otro: recorrer la nonata
prolongación del tranvía hasta las Minas de la Estrella. Y con esa
intención llegamos en coche hasta el Barranco de San Juan, habiendo
encargado previamente la comida en un excelente merendero frente a la
antigua estación del Charcón. Desde el final de la línea, lugar desde
el que debía haber partido un teleférico hasta el Collado de los
Peñones de San Francisco (la zona próxima a lo que hoy conocemos como la
estación de esquí de Sierra Nevada), se inicia una vereda en la margen
contraria que daba servicio a la explotación minera de calcopirita en las
llamadas Minas de la Estrella. Esta senda permitía el paso de animales
que transportaban el mineral hasta la estación del tranvía después de
un duro y peligroso itinerario, lo que planteó la prolongación del
trazado tranviario hasta las mismas minas, algo que no se llevó a cabo y
que, visto el terreno tan abrupto, era una empresa dificil.
Atravesamos el río Genil, pletórico de agua por el deshielo del mes de
mayo, y tomamos la vereda en unas empinadas rampas hasta una zona más
liviana que va bordeando la montaña. Apenas tiene 1 metro de anchura y
los barrancos son muy profundos, por lo que casi tenemos que ir en fila
india y sin salirnos de la traza, a pesar de que la naturaleza que lo
rodea te obligara a abrir los ojos para no perder detalle de todo su
esplendor primaveral. No llegamos a imaginarnos cómo plantearon los
ingenieros de la época penetrar en un terreno tan abrupto, si casi no hay
espacio para construir una plataforma si no es a base de desmontes
importantes.
No estábamos solos, sino todo lo contrario, es una ruta muy conocida y
nos cruzamos con senderistas de todo tipo, aunque estamos seguros de que
nosotros íbamos mejor pertrechados que nadie. Esperamos a llegar a un
recodo estratégico de la vereda para echar un trago de vino de la
Contraviesa de la bota y saborear un excelente jamón, muy apropiado para
las alturas y, sobre todo, si lo haces mirando a tres gigantes nevados: el
Mulhacén, Veleta y Alcazaba. Recuperadas las fuerzas físicas y
espirituales, seguimos avanzando y, a unos 10 kms. aparecieron los restos
de la explotación minera y las bocaminas, hoy refugio de vacas. Unos
carteles te informan del pasado y, echando un vistazo alrededor tienes que
pensar en las condiciones de trabajo de las personas que operaban aquí,
sufriendo las inclemencias del tiempo, muy variables en la media montaña,
y las de su propia actividad. De haberse prolongado el tranvía para el
transporte de minerales, esa vida hubiera sido, sin duda, más llevadera.
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No permanecimos mucho tiempo en
este paraje, pues las nubes iban tomando un color grisáceo que presagiaba
tormenta, algo que no sucedió; pero ya sabemos que la montaña es muy
traicionera y hay que respetarla. Así que, con paso, algo menos firme que
a la ida, desandamos el camino para llegar a nuestra otra meta: la comida.
El calor apretaba y los pies ardían. Menos mal que el agua purísima del
Genil aliviaron esas molestias.
En la terraza del merendero, junto a un puente en curva del trazado del
tranvía, repusimos fuerzas a base de los potentes platos alpujarreños y
una fresquísima cerveza. A lo largo de toda la comida y sobremesa no
paramos de hablar de lo que habíamos visto, de la historia y de lo que
pudo ser el Tranvía de la Sierra.
Finalizada la comida nos dirigimos a Granada en coche a través de un
estrecho camino asfaltado que sube hasta el Dornajo y dejamos a un
lado el antiguo Hotel Del Duque, sucursal del Alhambra Palace, tal y como
decía la publicidad de la época, hoy en manos del clero por herencia del
Duque de San Pedro de Galatino, promotor del Tranvía de la Sierra y de
estos dos hoteles. Llegamos a la cumbre y, junto a la carretera que nos
llevaría hasta Granada, se encuentra una unidad del Tranvía en pésimo
estado de conservación, aunque, cosa curiosa, mientras nos hacíamos las
fotos de rigor, la persona encargada del Centro de Visitantes de Sierra
Nevada nos informó que en breves días comenzaría una restauración
integral. Veremos cómo está cuando volvamos otra vez.
Para rematar el día visitamos la exposición sobre los 100 años del
tranvía en Granada, que desde el mes de marzo se encuentra en el centro
de Caja Granada, en Puerta Real. Accedimos al recinto a través de un
tranvía y, una vez dentro, nos dejamos llevar por esta magnífica
exposición, complemento ideal de todo lo vivido durante la jornada.
¿Volveremos a ver circular de nuevo un tranvía por las calles de
Granada? Eso deseamos.
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