|
|
Asociación
de Amigos del Ferrocarril de Almería |
|
|
|
||
|
Cuba 2007 José Antonio Gómez Martínez Investigador y socio honorífico Asafal |
||
|
|
||
|
El ferrocarril de Hershey, el único eléctrico de la isla, no presentaba un panorama mucho más alentador. La estación término de esta línea se encuentra en Casablanca, al otro lado del puerto de La Habana, y para acceder a ella desde la capital lo más práctico es usar el trasbordador ―el Ferry, como lo llaman los habaneros― que parte de un embarcadero situado cerca de la plaza de San Francisco de Asís, junto a los magníficos edificios de las antiguas aduanas. Una vez desembarcados en la orilla opuesta, no hay más que caminar unos pocos metros para llegar a la estación de partida del ferrocarril eléctrico. Allí no nos cansamos de admirar la capacidad del genio cubano para dar infinitas formas al hormigón y crear volúmenes originales para el mobiliario urbano: el edificio de la estación está formado por una estructura en forma de gran parasol que se sustenta en un pie central y en una construcción lateral de ladrillo. La variedad en este tipo de elementos es patente en toda la isla, muy especialmente en las paradas de autobús.
Nuestro primer intento de fotografiar algún tren en Casablanca se vio
frustrado porque no circulaba ninguno a la hora en que llegamos y el
depósito del material se encuentra algo alejado. Hubimos pues de volver
el día siguiente, esta vez con los horarios anotados, lo que suponía una
cierta garantía de éxito. Sin embargo, tampoco fue posible esta vez: en
la taquilla de la estación, un cartel anunciaba la supresión del tren de
las 12,39. Para compensar el chasco tomamos unos helados cerca de la
estación, y luego dimos un paseo por Casablanca. En una plaza vimos unas
enormes vainas en el suelo y ante nuestras miradas curiosas, unos niños
adorables se acercaron y nos preguntaron:
Se referían a las semillas del flamboyán, un árbol de floración
grandiosa, de color rojo intenso, que poblaba majestuosamente aquella
plaza y que crece en toda la isla creando unas hermosísimas pinceladas
en paisaje. Además de explicarnos que las semillas son tan duras que se
utilizan para llenar las maracas, nos dieron, con sus sencillas
palabras, toda una lección de ciudadanía y de buena educación.
Un gran gentío esperaba en la estación pero aún no había llegado la hora de subir al tren y el público esperaba en los bancos de la estación o en los alrededores, practicando una actividad en la que los cubanos destacan de manera sobresaliente: la conversación.
Cuando faltaban unos minutos para la salida del tren, se abrieron las puertas y entonces me di cuenta de un detalle que hasta entonces me había pasado desapercibido: los andenes, de tipo alto, están adaptados sin duda a los vehículos empleados anteriormente pero no a las granotas, pues no están separados por la misma distancia que la que separa las puertas del tren actual. Los viajeros, por lo tanto, se ven obligados a saltar de lado entre los andenes y las puertas de acceso al tren, que se encuentran a cierta distancia. Para las personas de cierta edad no es tarea fácil.
Exactamente a la hora prevista arrancó el tren con destino a Matanzas pero inesperadamente se detuvo a unos doscientos metros de la estación bajo un flamboyán. De manera aún más incomprensible para mi, muchos viajeros bajaron del tren que no tardó en arrancar de nuevo. Uno de mis compañeros de travesía en el ferry, que en la conversación que habíamos entablado me contó que se dirigía a Matanzas, es decir que iba a recorrer el trayecto completo del ferrocarril de Hershey, fue de los que abandonaron el tren. No pude averiguar qué había sucedido.
Dediqué una mañana al Museo del ferrocarril de Cuba, situado en la magnífica estación Cristina. El edificio perteneció a la compañía del Ferrocarril del Oeste, que dirigió sus vías a la provincia de Pinar del Río, al Oeste de La Habana. Tras un período de abandono o poco uso, en 2002 fue declarada Monumento Nacional y convertida en sede del Museo del Ferrocarril de Cuba.
Antes de salir de España había contactado con su director, Don Indalecio González Guzmán, pero lamentablemente se encontraba fuera de La Habana durante mi estancia en Cuba y no fue posible visitar el museo en su compañía. Sin embargo, recorrer las salas y contemplar el material allí preservado, guiado por personal laboral y voluntario, fue una auténtica delicia. Básicamente podemos decir que el Museo dispone de zonas de exposición de material fijo (maquinaria de vía, enclavamientos, señalización, herramientas de talleres…), de material móvil (en las vías de la estación) y paneles explicativos (en los andenes) además de un área de modelismo y la representación de algunos escenarios ferroviarios como un gabinete de circulación. Sin duda alguna, la pieza estrella de la colección es la locomotora La Junta, una Rogers 211 que inició su vida activa en el ferrocarril de Matanzas nada menos que en 1843, cuando en la Península aún no existía ni una sola línea de ferrocarril con tracción a vapor. Otras piezas de interés son una pequeña Manning Wardle británica de 1873, o una estupenda colección de locomotoras de vapor procedentes de los ingenios o centrales azucareros.
También está representada la tracción diesel, en la que destaca la locomotora soviética CC 61602, que fue conducida por Fidel Castro en la inauguración del tramo Oliver-Calabazas del ferrocarril rápido La Habana-Santiago de Cuba. Hay, además, otras locomotoras como una diesel Ganz húngara y una eléctrica de tipo boîte à sel General Electric, procedente del ferrocarril de Hershey. El material remolcado no falta y además de varios vagones furgones y vehículos especializados en el tráfico azucarero, se muestran varios coches de viajeros, alguno de procedencia soviética. En definitiva, un museo de indudable interés cuya creación y mantenimiento, teniendo en cuenta la situación del ferrocarril en la isla, no deja de ser una proeza.
Existe mucho material ferroviario de todo tipo para recuperar en Cuba, sobre todo en azucareras, pero también se puede encontrar en la propia capital. En efecto, en una plaza situada en un lateral de la Estación central, se puede contemplar un interesante grupo de locomotoras de vapor procedentes de los centrales azucareros, en estado preocupante. El material es mayoritariamente norteamericano aunque hay alguna unidad europea (Henschel). Otro elemento de interés es el llamado «vagón mambí» o coche presidencial, un impresionante vehículo de bogies de tres ejes construido en Estados Unidos, que se expone al público en el callejón de Churruca esquina a calle Oficios, junto al antiguo palacio de Gobierno luego Cámara de Representantes. Su interior es ciertamente interesante.
La historia está muy presente en Cuba pues se conservan numerosos vestigios del pasado lejano y próximo. La propia ciudad de La Habana constituye una joya del patrimonio arquitectónico mundial, cuya restauración, aunque ya iniciada, tiene por delante mucho que hacer. En el aspecto ferroviario el patrimonio es fabuloso y la labor de recuperación está en marcha, a pesar de las dificultades que atraviesa la economía. Sin embargo, existen otras prioridades pues es necesario atender a las necesidades del mayor patrimonio que posee el país: una población, cuyas cualidades humanas no dejan indiferente a nadie que visite Cuba.
|
|
|