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Si estás aburrido/a/e/i/o/u de las
escapadas de fin de semana en viajes organizados (acuérdate del último,
que la agencia de viajes te metió en un autobús del INSERSO) y de los
trenes pijos de la RENFE, Pachi Jones te propone una aventura
ferrocarrilera mucho más dura y emocionante, en la que tendrás que
cruzar precipicios por desvencijados puentes metálicos, sumergirte en
oscuros túneles y luchar contra multitudinarias colonias de murciélagos.
¿Te atreves?, pues como decía el bueno de Ozzy Osbourne “get on the
tracks of the Crazy Train”...
Un poco de historia y cómo llegar:
No pretenderás lanzarte a semejante aventura sin desentrañar antes en
algún polvoriento y olvidado archivo los mapas por los que tu camino se
debe guiar, las armas que necesitas o el terrible pasado de este recóndito
lugar...
La línea que te sugiero recorrer parte de la estación de La Fuente de
San Esteban (Salamanca) y hasta que el Imperio del Mal (léase RENFE)
consiguió acabar con ella, aseguraba la relación internacional
Londres-París-Irún-Salamanca-Oporto a través del valle del Duero (es
decir, la ruta más corta y favorable para el tráfico ferroviario). El
siguiente mapa te ayudará a situarte.

En realidad, a no ser que seas tan
valiente como para viajar de polizón en el tren fantasma de la fotografía
(un mercancías que surcaba las dehesas hacia La Fregeneda en las noches más
oscuras sin maquinista que lo condujera. Hasta los más poderosos toros
bravos huían de la vía al sentir su llegada. Algún pastor que dormía
al raso fue testigo de semejante horror: contaban como enloquecidos que la
tierra comenzaba a temblar y un ensordecedor estruendo metálico
destrozaba el aire. Entonces un engendro metálico infernal surgía de las
tinieblas escupiendo fuego y humo, dejando tras de sí un vacío que
arrastraba el alma de quien lo presenciara...), tendrás que montarte la
excursión de otra forma.
Desde Salamanca coges la carretera que va a Vitigudino (cuidado con los
hombrecillos verdes, que te acecharán sin duda). Una vez allí sigues
hacia Lumbrales. En este pueblo te encontrarás por primera vez con la
maldita senda de hierro. Su fantasmal estación se alza junto a la
carretera podrida por el tiempo y el olvido. Investigando en los mohosos
arcones que había en el sótano encontré el siguiente horario, que me
invitó a viajar al pasado por un camino que ya no era.

Si todavía te atreves a seguir mis
pasos debes encaminarte ahora hacia La Fregeneda, a unos 18 km siguiendo
el camino hacia el antiguo Reino de Portugal. Deberás desviar tus pasos
unos dos km antes de llegar al pueblo. Un camino que nace a la derecha de
la carretera te llevará hasta “La Estación Internacional”, desierta
desde 1985, cuando el Imperio del Mal condenó este camino al olvido.
Debes tener un fuerte espíritu para sobreponerte ante semejante visión:
una Estación Internacional sin viajeros, en medio de la nada, con sus
edificios difuntos y sus andenes llorando. Parece como si las entrañas
de la Tierra quisieran tragársela, ordenando a la hiedra y a los árboles
que envuelvan sus paredes y la arrastren hacia los abismos subterráneos.
Cuentan las gentes del lugar que por las noches puede verse el vaivén de
un farol de gas, colgando de la esquelética mano de un espectral Jefe de
Estación, que da la salida a trenes invisibles.
Es en este lugar donde debes abandonar tu carruaje o montura (no temas por
ellos, es un lugar seguro). A partir de aquí, debes seguir a pie. Se
trata de un recorrido de unos 9 km por la vía hasta el Puente
Internacional sobre el río Agueda; ya sobre él puedes pasar a la estación
de Barca d’Alba (Portugal).
El camino a recorrer no es muy largo, pero debes calzar unas botas fuertes
ya que si no te será muy difícil andar sobre la vía. Tu única guía
para saber dónde te encuentras consistirá desde ahora en el número del
último túnel que hayas atravesado: has de saber que hay 22 hasta el
Puente Internacional.
Precisamente comenzarás tu caminar sumergiéndote en las entrañas de la
Tierra: el túnel número 1. Es el más largo (casi 1 km), pero por lo
menos es recto, con lo cual siempre tienes el consuelo de ver la salida
(aunque parezca que ese puntito blanco se aleja de ti). Como ya habrás
adivinado, una linterna puede serte de gran utilidad, sobre todo para ver
dónde pisas.
Justo a la salida de este primer túnel te darás cuenta de por qué te
recomiendo este viaje: la vía se agarra como puede a la ladera del
escarpado valle del Agueda. Unos centenarios muros de piedra la llevan
como volando por el precipicio. Pero aún hay más: al poco rato cruzarás
un pequeño túnel (excavado en roca viva) que te dejará sobre el primer
viaducto metálico de la línea, auténtica obra de arte de la ingeniería
del hierro del siglo XIX. Ahora sólo hay que imaginarse al tren
internacional “Surexpreso” (Londres-Oporto) volando sobre él,
mientras sus pasajeros cenan en el coche-restaurante, decorado con maderas
lacadas, cortinas de terciopelo y lámparas al más puro estilo
“belle-epoque”: Emilia Pardo Bazán ya describió todas estas
sensaciones, en su libro “El Surexpreso”, embriagada al surcar en este
fabuloso tren parajes tan salvajes.

Ferrocarril de la Fregeneda:
puente sobre el río Duero
Debo advertirte antes que
estos viaductos (de los cuales te encontrarás unos 7 u 8 más) carecen en
algunos tramos de pasarela (¡e incluso de barandillas!), pero bueno, si
no miras hacia abajo y confías en las vigas que lo forman (que son
bastante anchas), no tendrás problemas para atravesarlos.
Al poco rato tu valor será de nuevo puesto a prueba: te estoy hablando
del túnel nº 4 (¿o es el 3?). No importa, lo reconocerás enseguida: en
él la oscuridad es infinita (es decir, está en curva) y por lo tanto,
atravesarlo es otra historia (¿te has imaginado alguna vez atravesar el
corazón de una montaña rodeado por una oscuridad total?: oscuridad por
arriba, por los lados, y sobre todo, bajo tus pies, es como estar flotando
en la nada. Mientras, el frío aliento de la montaña acaricia tu piel).
Pero te recomiendo que lo pruebes en otro túnel, ya que en éste habita
una colonia de unos 10.000 murciélagos (se dice que custodian el tren
fantasma, que espera en este túnel hasta emprender su viaje en la noche más
negra, mientras criaturas del Averno alimentan su caldera con fuego del
mismísimo Infierno...), así que lo que debes hacer es simplemente,
seguir por la ladera de la montaña hasta encontrar la boca de salida.
Así seguirá tu camino: puente-túnel-puente-túnel (el resto son muy
cortos, y no hay problema para atravesarlos), siempre acompañado por la
bella estampa del río. La línea ha sido recientemente declarada
Monumento Nacional (olé); a ver si sirve de algo y la cuidan un poco.
Estás llegando al final de tu viaje. Al llegar al túnel nº 22 deberás
abandonar la vía y seguir por la carretera, que aparece (por 1ª vez) a
tu derecha. Este último túnel no aguantó el paso del tiempo y se vino
abajo. Con su hundimiento el Imperio del Mal aseguró la permanencia de La
Maldición: no habría más trenes en la línea.
Tras 5 minutos de camino carretero llegas al Puente Internacional (rodeado
de impresionantes montañas y a 30 m de altura sobre la confluencia del
Agueda con el Duero), custodiado por dos ruinosas casillas de la Guardia
Civil, y justo en medio de él un cartelito de chapa oxidada te indica que
has entrado en Portugal. Según los sucios pergaminos hallados en la
estación de Lumbrales, el puente está embrujado, y patrullas de guardia
civiles momificados pasean su espectral silueta en guardia nocturna noche
tras noche...

Un pequeño túnel
Al otro lado del puente se
encuentra la estación fronteriza de Barca d’Alva, también perdida en
el olvido, al carecer de continuidad la línea más allá de Portugal.
Merece la pena que pases a verla. Está decorada con preciosas cerámicas
y en el andén principal crece... ¡un naranjo!
Si todavía quieres continuar tu viaje te recomiendo que tomes el barco en
el Puerto Fluvial de la Vega Terrón, justo al lado del Puente
Internacional. Te llevará hasta Oporto deslizándose sobre un Duero
tranquilo entre montañas cubiertas de viñedos... ¿te animas?
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