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En plena canícula veraniega, el
pasado 15 de agosto, un aguerrido grupo de 18 personas de ASAFAL
recorrimos una zona muy interesante de la provincia de Almería que,
durante el siglo XIX y XX, contaba con una serie de ferrocarriles mineros
para servicio de las numerosas explotaciones existentes: Sierra Almagrera,
una alineación montañosa de apenas 400 m. de altitud máxima, 12 km. de
longitud y 2 km. de anchura, paralela a la costa de levante al nordeste de
la provincia almeriense y cerca del límite murciano.
La minería del plomo fue la primera en importancia, cronológicamente
hablando, y la que mayor riqueza generó en el siglo XIX: famoso fue el
filón de galena argentífera del Barranco Jaroso.; sin embargo, su
sucesora, la minería del hierro, desarrolló toda la infraestructura
ferroviaria que hizo factible la comercialización del producto, dado su
bajo valor.
Así pues, a modo de introducción, iniciamos el itinerario con una visita
a los restos de la antigua fundición de plomo de La Purísima, junto a la
carretera de la costa y próxima a Villaricos, conociendo los entresijos
de la producción plumbífera y penetrando unos metros en la sorprendente
y bien conservada galería de condensación de los sulfuros de plomo.
Siguiendo la carretera dirección Águilas, contemplamos de pasada
lo poco que queda del embarcadero de la Cala de las Picotas, punto de
embarque de los minerales de hierro procedentes de la mina Los Tres Pacos
en Sierra Almagro y transportados a través de un cable aéreo de más de
13 km. de longitud.

A poco más de un kilómetro nos deja el autobús para que iniciemos un
duro recorrido a pie desde la Cala de las Conchas hasta el Barranco
Jaroso, salvando la divisoria de Sierra Almagrera, para recogernos en la
pedanía de Los Lobos (unos 10 km. por un terreno muy escarpado y con
calor).
Las impresionantes instalaciones que la S.A. Argentífera de Almagrera
construyó en la Cala de las Conchas a comienzos del siglo XX se
encuentran en un aceptable estado de conservación, sobre todo, después
de lo que habíamos visto. Las reconstrucciones gráficas y planos
originales que portábamos nos facilitó la interpretación del complejo
minero-ferroviario: plano inclinado, traza del ferrocarril, depósitos de
minerales, hornos de calcinación y embarcadero cantilever (solo queda el
apoyo en el mar).
Desde la zona de embarque se observa perfectamente todo el entramado y no
dejan de sorprender las soluciones adoptadas por los ingenieros
encaminadas a solventar el gran desnivel existente entre los yacimientos
de hierro y el punto de embarque. Así que, tras una visión general y las
pertinentes fotografías, decidimos iniciar el desconocido ascenso.
Al cruzar la carretera de Águilas subimos por un empinado camino
asfaltado para acceder a la explanación del pequeño ferrocarril que
trasladaba las vagonetas desde el final del plano inclinado hasta la parte
superior del gran depósito de minerales sin calcinar o crudos, adonde
vertían la carga. Se aprecia muy bien el curioso bucle que describe el
trazado de este pequeño ferrocarril que, casi con toda probabilidad,
emplearía tracción animal.
Seguimos avanzado como si fuésemos un vagón vacío hasta llegar a la
base del espectacular plano inclinado que está dentro de un túnel, por
supuesto, lleno de maleza y totalmente impracticable, aunque muy bien
conservada la obra civil. No tuvimos más remedio que alcanzar la boca
contraria monte a través sorteando una abundante vegetación propia de
estos parajes. Por fin estábamos en el final del plano, para nosotros el
principio, y, mirando hacia arriba, nos dolía el cuello y la vista se
perdía: lo que parecía una minucia desde la costa, se tornaba en algo
gigantesco. Calculamos que la pendiente podría estar en torno a un 60% y
la longitud de unos 200 m.
Tomamos aire y, sobre todo, agua, que ya empezaba a cotizar al alza,
aunque bastante menos que horas después, y comenzamos una dura ascensión
aprovechando los muros de mampostería del plano al estar peor la traza
interior del mismo. Se nos hacía dificil imaginar cómo pudieron
construir esta obra de tal envergadura y las condiciones de explotación
que regían en aquella época.

A medio camino, unos optaban por un extremo del muro, otros por el
contrario y unos terceros por el monte. Había que tener cuidado por la
fuerte pendiente y lo inestable del terreno, sobre todo en el caso de la
propia obra de fabrica por encontrase desprendidas alguna piedras. Una vez
alcanzada la parte superior del plano inclinado pudimos apreciar la
disposición de los mecanismos que lo hacían funcionar a través de los
restos de las instalaciones. Por supuesto que la vista es impresionante.
Desde este punto avanzamos unos 300 m. por la sinuosa y apenas visible
traza hasta llegar a la boca del túnel que atraviesa la divisoria de la
Sierra. Esta referencia nos fue de gran ayuda, ya que, como se ha
indicado, los derrumbes de la ladera y la abundante vegetación existente
impedían reconocer claramente que por ese lugar habían circulado vagones
sobre raíles, a diferencia de otros ferrocarriles, rápidamente
reconocibles.
Una avanzadilla de “exploradores” se internó dentro del túnel para
comprobar su estado y las posibilidades de paso, ya que de lo contrario se
hacía necesario llegar a la vertiente contraria subiendo por el monte,
muy escarpado y con materiales inestables. Un número de la Revista
Minera del año 1909 comentaba de este túnel de 320 m. de longitud que
era “...obra importante llevada a cabo por la propia empresa,...”
Los inevitables matorrales cubrían parte de la boca y se había ido
acumulando en el suelo una tierra muy fina, polvorienta, que reducía el gálibo
de la galería y nos obligaba a avanzar inclinando la cabeza. La linterna
que llevábamos sería muy buena, pero las pilas estaban agotadas, por lo
que fue imposible penetrar en el interior más allá de lo que se veía
con la luz exterior, sobre todo porque hubiera sido temerario internarnos
a tientas en un lugar desconocido: algo más tarde comprobamos que hicimos
lo correcto, esto es, comenzar a subir monte a través hasta alcanzar el
otro extremo del túnel.
Las fuerzas empezaban a escasear y el agua también, pero la proximidad
del Barranco Jaroso y el descubrimiento de varios pozos mineros, nos animó
lo suficiente para reconstruir desde lo alto de la Sierra lo que fue este
“Fart West” almeriense en plena fiebre explotadora: cientos de obreros
pululando por el barranco, las cabrias, las vagonetas, los mulos, las máquinas
del desagüe,.... la lucha por hacerse rico.
Como ya se dijo antes, esta fiebre de la plata y del plomo dio paso a la
otra más modesta y ferroviaria del hierro: los filones de estas
explotaciones albergaban en las capas más elevadas galena argentífera
(plata), galena (plomo), óxidos de hierro, carbonatos de hierro, sulfuros
y asociaciones de minerales diversos, ya en las zonas más profundas.
Descendimos con especial cuidado hasta la boca de entrada al túnel y
pudimos comprobar que unos metros adentro había unos desprendimientos que
hubieran hecho imposible el paso por el mismo. A partir de aquí no hay un
trazado visible y claro, sino un montón de ruinas que son difíciles de
interpretar sin una documentación gráfica adecuada, pues en su momento,
existían distintos ramales que se dirigían a las minas de hierro del
barranco, orígen de este entramado ferroviario.
Las verticales paredes de los pozos parecen estar cortadas con un cuchillo
y su gran profundidad era confirmada por el sonido de las piedras al
golpear el fondo, algo que nos hizo estremecer pensando en una caida
accidental o, simplemente, en el duro trabajo del minero de entonces.
Desolación en un paraje desolado y el sol cayendo a plomo. Nuestro
siguiente objetivo antes de llegar hasta Los Lobos, en donde nos esperaba
el autobús, estaba en el Barranco Chaparral, próximo al Jaroso, tomando
un desvío antes de iniciar el fuerte descenso hasta la citada pedanía.
Gracias a que el camino era ya camino, a diferencia del terreno que habíamos
dejado atrás, pudimos aligerar la marcha y llegar hasta unos restos
extraordinariamente bien conservados: una máquina de vapor fija con su
cabria de madera empleada para subir y bajar al pozo maestro inmediato de
una profundidad de 250 m., además de las calderas embutidas en obra de
mampostería construidas por la Maquinista Terrestre y Marítima de
Barcelona en 1873, según reza en la inscripción de la puerta del hogar.

Tras las fotos pertinentes comenzamos a bajar pensando en las jarras de
cerveza que nos íbamos a beber y la comida que esperaba en la Venta del
Perejil, lo que hizo el recorrido más llevadero.
Una vez repusimos las fuerzas atacamos el siguiente objetivo: Pilar de
Jaravía, en las estribaciones de la Sierra del Aguilón y en plena línea
del ferrocarril de Águilas a Almendricos, subsisten los restos de las
instalaciones mineras en donde se trataba el mineral de hierro para su
posterior cargue en tren con destino al puerto de Águilas. Al tratarse de
una explotación que cesó hace relativamente poco tiempo (1965), su
conservación permite una mejor observación y comprensión de su
funcionamiento real: aún permanece en pie la caseta de control de la
compañía ferroviaria junto a la vía, además de numerosos
elementos, tales como dos hornos de calcinación, la cabria o castillete
para acceso a la mina, edificios, etc.
Estuvimos esperando el paso de algún cercanías y, cuando ya desistimos y
nos encontrábamos en el autobús, aparece el “camello” con los
colores de la U.N. de Cercanías procedente de Águilas y destino Murcia.
Una pena no haber estado en plena vía para poder fotografiarlo como Dios
manda. De todas maneras, la excursión había salido a pedir de boca y tan
solo quedaba relajarse en el camino de vuelta y charlar animadamente de lo
vivido a lo largo del día.
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